ECONOMÍA ES UN SUSTANTIVO FEMENINO

Elita estudiaba Química el día que su padre llegó a casa con la noticia de que el director de la sucursal de Banco de Bilbao en La Orotava iba a convocar una prueba para incorporar a mujeres a su plantilla, formada hasta ese momento única y exclusivamente por hombres. Corría el año 1964 y ella tenía 18, pero no lo dudó: dejó sus fórmulas, preparó el examen, aprobó y se convirtió en una de las pocas mujeres de su entorno con un empleo remunerado. «Mis compañeras y yo cobrábamos lo mismo que nuestros compañeros y nos trataron siempre con mucho respeto», rememora al otro lado del teléfono. Sin embargo, también recuerda el momento en el que su máximo responsable obligó a las féminas de la oficina a llevar uniforme o cuando quiso que pasaran a diario un carrito con café y pastas.

«A mi padre no le hacía falta el dinero, pero él me animó a presentarme a la oposición porque pensaba que era muy bueno que las mujeres trabajasen y se desarrollasen a nivel profesional». No todas sus amistades lo entendieron igual. «Era otra época, otra mentalidad y otra cultura», explica.

Entre las jornadas de Elita en el banco y las más de ocho millones de ocupadas que contabiliza hoy la última EPA (Encuesta de Población Activa) median muchos cambios, pero persiste una semejanza: la economía sigue siendo desigual.

Muchas personas niegan esta realidad, pero no es cuestión de fe, sino de cifras, y el Foro Económico Mundial lo deja claro: lejos de mejorar, la desigualdad de género en la economía retrocedió en 2017 a niveles de 2008 y, a este ritmo, harán falta otros 100 años para conseguir que hombres y mujeres gocen de las mismas oportunidades y tengan las mismas condiciones.

«Aplicar una cultura de la igualdad a la economía beneficiaría a todos y haría que ésta fuese más eficiente en el sentido puramente económico, en tanto que se utilizarían todos los recursos humanos de los que disponemos», asegura Yanna G. Franco, profesora de Economía Aplicada de la Universidad Complutense de Madrid. Un informe del McKinsey Global Institute publicado en 2015 sugiere que las mujeres representan aproximadamente el 37% del PIB global, pero si la paridad fuera real, se añadirían 26 puntos anuales a ese porcentaje.

«Tenemos un sistema insostenible que condena a las mujeres a la pobreza, perjudica a la sociedad, al medio ambiente y crea ineficiencias en los sistemas de trabajo», apunta María Pazos, investigadora en el Instituto de Estudios Fiscales y activista de la Plataforma Por Permisos Iguales e Intransferibles de Nacimiento y Adopción (PPiiNA).

División sexual

Coincide Yanna en que los sistemas actuales están dejando escapar la fuerza de trabajo femenina y todo lo que las mujeres pueden aportar al desarrollo económico, al tiempo que desaprovechan el potencial de los hombres como cuidadores. Éste es uno de los problemas principales y radicales -de raíz- de la situación: la división del trabajo por sexos. Hay actividades tradicionalmente asociadas a los hombres y otras tradicionalmente asignadas a las mujeres: ellos son doctores y ellas enfermeras; ellos jardineros y ellas, limpiadoras; ellos directivos y ellas, secretarias… ¿o acaso conocen a algún secretario (que no sea de Estado)?

Otro estudio del Peterson Institute for International Economics (PIIE) establecía recientemente una correlación positiva entre la presencia de mujeres en cargos de responsabilidad y la rentabilidad de las empresas y también el sueco Nordea Bankelaboró un análisis según el cual las compañías dirigidas por mujeres ganan más en Bolsa que las lideradas por hombres. Ahora bien, si los efectos son tan positivos, ¿por qué cuesta tanto tener jefas?

«Cuesta porque venimos de una cultura de muchos años en los que las cotas de poder eran masculinas, y quien tiene el poder raramente quiere soltarlo», asegura Merche Aranda, directora del máster de Desarrollo Directivo, Inteligencia Emocional y Coaching de la EAE Business School.

Y el poder lo tienen ellos. «Poco a poco las cosas están cambiando», asegura, pero de nuevo se trata más de una percepción sobre el terreno que de contabilidad. Por ejemplo, atendiendo al recuento de Mujeres en los consejos del Ibex 35 que elabora anualmente Atrevia, 2017 arrancó con 92 consejeras en compañías del índice, lo que supone una única incorporación respecto al año anterior.

Formas de liderazgo

No hay un patrón de liderazgo masculino y un patrón de liderazgo femenino establecido en los genes. Las diferencias -que existen- son fruto de una educación desigual en la que a las niñas se las acerca a referentes humanistas y a los niños, a inquietudes tecnológicas y científicas: el azul vs. el rosa; las cocinitas vs. los coches de carrera; el fútbol vs. saltar a la comba…

«Hemos trabajado con más de 1.500 líderes y lo que comprobamos es que las mujeres tienen una capacidad de liderazgo igual o mayor que los hombres, cuentan con una visión más a largo plazo, establecen directivas claras de trabajo, toman decisiones de manera más ágil y generan mucha más confiabilidad», destaca Aranda. Ellos hacen muy bien el networking, pero ellas tienen más capacidad de proyección.

No obstante, esto no parece suficiente, porque al hombre se le presupone la capacidad y la competencia, mientras que la mujer tiene que demostrarlas. Cada día. «No debería haber diferencias, pero las hay», añade Yanna. «Nosotras deberíamos ser como ellos o ellos como nosotras o todos más iguales», sentencia esta economista vigorosa que también dirige la revista científica Comunicación y Género.

Marian Fernández, responsable de Macro de Andbank España, explica que ser mujer le influye «en todo, también en el trabajo. Creo que mi condición de mujer y madre me ha hecho más sensible a otras realidades, más organizada. Supone límites, sin duda, la conciliación no es gratuita ni para mí como mujer ni para cualquiera que se proponga asumir sus responsabilidades laborales y personales». Por eso destaca que en sus tareas, «la comunicación y el trabajo en equipo son claves».

Incorporación al mercado

La incorporación femenina al mercado laboral es algo relativamente reciente y su participación en la fuerza de trabajo es significativamente inferior a la tasa de participación masculina en las economías más avanzadas. En mercados emergentes y en países en desarrollo, el balance es aún peor.

Se hace eco de ello el informe Women in the economy II difundido por Citi, que calcula que la proporción de mujeres activas fue del 64% en el promedio de países de la OCDE en 2016, 16 puntos porcentuales por debajo de la participación masculina.

La brecha también es salarial, concretamente del 23% a nivel global. Temporalidad, parcialidad o precariedad son conceptos que se repiten en las radiografías de los mercados laborales de cualquier parte del globo. En España, por ejemplo, el 24,4% de las mujeres trabajan a tiempo parcial y cobran de media un 14,9% menos que sus compañeros varones, atendiendo a datos de la Secretaría de Estado de Empleo a cierre de 2016. «La sociedad tolera que se nos pague menos por hacer el mismo trabajo que un hombre porque sobreentiende que el salario de la mujer es algo subsidiario«, no se cuestiona, «especialmente en el sector privado, donde muchos contratos se negocian de manera personal», opina Yanna Franco.

De la misma manera, la sociedad sobreentiende que es la madre y no el padre quien debe asumir la responsabilidad de cuidar a los hijos, de mantener una casa… Lo que se denomina de forma perversa como cultura de los cuidados. El resultado es que, o bien la mujer abandona su empleo para asumir ese papel que ancestralmente le ha sido reservado o bien trata de sacar todo adelante como si fuese una heroína, una Superwoman de carne y hueso.

«La contribución del trabajo de cuidados a la economía no está reconocida ni valorada. Las políticas económicas actuales han reducido la inversión en infraestructuras y servicios públicos como la educación o la protección social, lo que implica que las mujeres asumen una mayor responsabilidad en estas tareas y reducen el tiempo del que disponen para ir a la escuela o ganarse la vida», señala Citi.

Incluir en la contabilidad nacional el impacto de este tipo de tareas domésticas no remuneradas es una larga reivindicación femenina en España, pero el proyecto nunca se ha abordado con seriedad pese a que las estimaciones apuntan que se sumaría entre un 40 y un 45% al PIB del país. Hay quien habla de la alegalidad de la actividad, pero también la prostitución es alegal y Europa estableció hace unos años incorporarla al cómputo nacional.

Empoderar económicamente a las mujeres es una cuestión de derechos humanos. Lo dice la ONU, que establece recomendaciones como asegurar la protección legal de las mujeres y reformar las regulaciones discriminatorias, cambiar las prácticas y la cultura empresarial o reforzar y visibilizar a colectivos minoritarios.

Retos de futuro

En España, Yanna Franco y María Pazos enumeran algunos de los retos pendientes: igualar los permisos de paternidad y maternidad y hacerlos intransferibles; establecer jornadas laborales que favorezcan la conciliación, fomentar la propia conciliación, perfilar horarios escolares flexibles, imponer cuotas que favorezcan la equidad vertical, crear Presupuestos con perspectiva de género y educar en igualdad, entre otras sugerencias.

A pesar de que se ha avanzado, la sensación de que las políticas públicas no funcionan a la hora de conseguir la igualdad sigue estando presente. Falta voluntad porque «no hay clamor popular [electores] y no hay clamor popular porque no hay suficiente formación e información», dicen.

Lo que está en juego es el Estado de bienestar tal y como lo conocemos, cuyas bondades se diluyen en el momento en el que no garantizan los mismos derechos para toda la población. Es difícil esperar que el gran cambio se genere en el sector privado, cuyo fin último es maximizar los beneficios, si bien cada vez más firmas apuestan por la igualdad como parte de su marca y de sus proyectos de RSC (Responsabilidad Social Corporativa).

En los últimos tiempos, además, ha entrado en juego la digitalización de la economía, cuyo alcance aún se desconoce. Los robots sustituirán a la mano de obra humana y la duda es quiénes sufrirían las consecuencias. ¿Adivinan?

En contextos de crisis, el desempleo afecta más a la mujer. Si nos retrotraemos varias décadas, el repliegue de mujeres de las fábricas al hogar tras el fin de la II Guerra Mundial es uno de los hitos de la historia de la mujer en la economía. Betty Friedan abordó el fenómeno en La mística de la feminidad (1963) y hoy, casi 60 años después, parte de aquella historia podría repetirse.

¿Será posible cerrar la brecha de género en la economía? Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), se necesitan al menos otros 70 años para que varones y mujeres cobren lo mismo por las mismas tareas. Elita, que ha ido a buscar a su nieta al colegio mientras atiende nuestra llamada, recomienda a las féminas que sean independientes económicamente, «porque eso da la felicidad»; María Pazos tiene esperanzas en la movilización social -«Las jóvenes están diciendo que ya no aguantan más y que no aceptan medidas cosméticas»- y Yanna confía en que vayamos hacia un modelo económico basado no tanto en el crecimiento puro como en la sostenibilidad, el desarrollo individual y social y el bienestar general. Y esto tampoco es una cuestión de fe, sino de gramática: la economía es un sustantivo femenino.

 

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